Bien fait! (Lo mereces)
“Bien fait” es una expresión
francesa de doble filo, que tanto sirve para felicitar como para castigar.
Literalmente, significa “bien hecho” (fait es el participio del verbo faire,
que significa hacer), por lo que se usa para estimular o valorar. Pero, como
aparece en el título, es una expresión que también significa “lo mereces”,
refiriéndose a un castigo o un revés.
Es lo que dicen los padres a sus
niños cuando se caen o se golpean después de haberles dicho mil veces que dejen
de saltar o de hacer cualquier travesura que los pone a riesgo de ese resultado;
cuando no acogen las advertencias sobre determinada situación.
Entonces, creo apropiado usar la
práctica y útil construcción idiomática a todos aquellos que se acomodaron en
la sumisión, en la genuflexión, en la adoración de la que son objeto, ignorando
que son enemigas mortales de la lealtad.
Por cualquier circunstancia,
incluyendo accidentes, caen en una situación de mucho o poco poder, real o
aparente, de todos modos temporal, de la que todos quieren beneficiarse y,
careciendo de méritos y calidades, se valen de la adulación para lograr sus
objetivos.
Como nunca he estado en posición
de ser objeto de tal práctica, ignoro qué es lo que genera una debilidad tal en
quien la recibe, que hace sentir que ya no necesita a sus, a toda prueba,
leales. En muchos casos, esos leales caen en categoría de estorbo y, como
tales, son excluidos del círculo de manera nada amable.
Dado que la pleitesía, contraria
a la lealtad, es temporal y condicional, el momentáneamente feliz receptor,
aparte de tener cada vez más frecuentes dudas, sospechas e inseguridades,
termina pasando tremendos malos ratos.
Sin embargo, en vez de reconocer,
arrepentirse e intentar reparar del trato dispensado a sus leales, se pone en
modo víctima y se queja de traiciones y desengaños. Como se dice, también en
francés: pénible! Para los que saben inglés: annoying. En español: engorroso.
No se les ocurre preguntarse cómo
se sentirán aquellos a quienes descartó para dar paso a éstos. Básicamente, no
les importa. Y hasta se atreven a esperar que nos solidaricemos con su justa
sensación de malestar, olvidando que ¡se la buscaron!
Los leales venidos a menos no se
alegran, incluso entienden bien ese dolor que ya sintieron antes, cuando fueron
“expulsados del paraíso”. Solo que no les toca salir a pasar la mano y consolar
al golpeado por la conducta de sus falsos adoradores.
Es triste. Al final, todos, de un
lado y del otro, excluidos y excluyentes, nadamos mucho para morir en la
orilla.
Es aceptable que los niños, cuando
les decimos “bien fait” (lo mereces) por el doloroso resultado de lo que les
advertimos que no hicieran, vengan a nosotros buscando cariño, comprensión, perdón
y tolerancia.
No sé si lo mismo es válido para
los adultos que, consciente y cómodamente, se dejan envolver por algo tan
demostradamente engañoso como eso que llamamos lambonismo, tumbapolvismo,
chaquetismo, transfuguismo y demás sustantivos de reales falsedades usados en nuestro país.

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