La diabetes llegó a mí.
Me he pasado la vida diciendo que la muerte no me preocupa, pero que temo mucho a las enfermedades. Y heme aquí, a dos meses de cumplir 75 años, aterrorizada por el súbito diagnóstico de una diabetes de la peor. Ya venía hace un tiempito con una amplia variedad de síntomas, hasta que fui a la neuróloga solo por uno de ellos, el que más me preocupaba. Ella logró rápidamente hilvanar el conjunto de síntomas, me mandó de urgencia a una endocrinóloga y no quedó el menor resquicio de duda: diabética. Dicen que estaba de ingresarme, pero también saben que soy paciente difícil, así que por eso “me chancearon”. Mi vida ha sufrido un cambio súbito, desagradable, rayano en violento. Está claro que nadie pesa más de 200 libras por inapetencia. Ahora, de repente, no puedo comer nada de lo que acostumbraba hasta anteayer, nada de lo que me gusta. Es sabido que los gordos nos ponemos tristes cuando nos da hambre. Y nada de lo que llevo dos días comiendo me la quita. Pero esto es ...