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Arí (con acento en la i)

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En 2012, le dije a Patricia, la ya fallecida veterinaria, que quería un perrito faldero, que estuviera siempre cerca de mí y que me siguiera por todas partes. Me dijo que tenía un chihuahua, hijo del chihuahua de ella, y que me lo daba si me llevaba un gatito que compartía jaula con él. En ese tiempo, estábamos viendo una novela brasileña, Ti Ti Ti, que se trataba de la rivalidad de dos modistos, Arí y André, y así llamamos al chihuahua y al gato. André murió hace unos meses y Arí hace días que está dando señales de que quiere irse. Teniendo 6 años, presentó una cardiopatía, se la trataron, le indicaron unas pastillas de uso contínuo, y le pronosticaron tres meses de vida. De eso hace 8 años. Arí nunca ha sido simpático, ni cariñoso, ni juguetón. Y eso que yo quería, un perrito que me siguiera a todas partes, no se me dio ni un solo día. Para mi suerte y para desgracia de Arí, pocos meses después de su llegada a mi casa, Pierina me regaló a Rosalía, la divertida pug que, aunque...

Aprender creole: necesidad nacional

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  No sé cómo se llama ni qué provincia, mucho menos qué partido representa el diputado que propuso imponer la enseñanza del creole en las escuelas, pero la verdad es que tampoco recuerdo una propuesta surgida desde las entrañas del Congreso tan atinada como esa. Aparte de que “saber no ocupa lugar”, la comunicación integra, incluye, da poder, de eso no hay dudas. Y en el caso nuestro, el de los dominicanos, no solamente compartimos la isla con Haití, sino que compartimos buena parte de nuestro propio país con la cantidad de haitianos que (sobre)viven aquí, no hablemos de la perentoriedad de reducir los niveles de odio de lado y lado. Estoy segura de que, si las condiciones de vida en Haití fueran mejores que las nuestras, la migración sería al revés, de aquí para allá. Y de todos modos no son pocos los dominicanos que viven allá. Asqueroseamos a los haitianos, sin embargo, los haitianos que van a la escuela en Haití aprenden español: lo entienden, lo leen, lo escriben, lo h...

La diabetes llegó a mí.

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  Me he pasado la vida diciendo que la muerte no me preocupa, pero que temo mucho a las enfermedades. Y heme aquí, a dos meses de cumplir 75 años, aterrorizada por el súbito diagnóstico de una diabetes de la peor. Ya venía hace un tiempito con una amplia variedad de síntomas, hasta que fui a la neuróloga solo por uno de ellos, el que más me preocupaba. Ella logró rápidamente hilvanar el conjunto de síntomas, me mandó de urgencia a una endocrinóloga y no quedó el menor resquicio de duda: diabética. Dicen que estaba de ingresarme, pero también saben que soy paciente difícil, así que “me chancearon”. Mi vida ha sufrido un cambio súbito, desagradable, rayano en violento. Está claro que nadie pesa más de 200 libras por inapetencia. Ahora, de repente, no puedo comer nada de lo que acostumbraba hasta anteayer. Nada de lo que me gusta. Es sabido que los gordos nos ponemos tristes (yo, rabiosa) cuando nos da hambre. Y nada de lo que llevo dos días comiendo me la quita. Pero es...

Respondiendo a Juan T H

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 Juan T H me envió por correo electrónico el artículo que copio a continuación, tal cual: LA ABSTENCION ELECTORAL Por JUAN T H Hace algunos años participé como observador en las elecciones de Brasil, donde voto es obligatorio, como en muchos otros países del mundo, quedando sorprendido por la actitud cívica de los ciudadanos, del organismo que dirige el proceso, así como de los partidos y de los candidatos del inmenso país, que la misma noche de las votaciones, ya todo estaba contabilizado y decidido sin ningún contratiempo . (Hablamos del país más grande de América del Sur, con más de 8 millones, 500 mil kilómetros cuadrados que supera los 230 millones de personas) En más de 20 países el voto es obligatorio desde hace muchos años, como en Brasil, desde que se creó el sistema en 1922, si mal no recuerdo. Igual en Ecuador, Egipto, Grecia, Honduras, Líbano, Luxemburgo, México, Panamá, Paraguay, Perú, Singapur y Uruguay, entre otros. El propósito es garantizar, no solo la partic...

Un día especial, muy diferente

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  El día de ayer empezó mal. Salí a la hora establecida. Hice una parada que, para ser rutinaria, resultó de tira tragicómica. Fui a un banco cercano a retirar un menudo para gasolina y cualquier antojo durante una salida – muy prometedora - de la ciudad. Meto la tarjeta en un cajero automático y la escupe. La meto en el cajero contiguo y todo funciona bien, excepto la entrega del dinero. Voy a un tercer cajero, el del “drive-thru” y el monto solicitado en el anterior no está en mi cuenta. Saqué lo que quedaba menos el balance mínimo y entré al banco a informar que me está faltando un dinero que el cajero no me entregó. Y aquí ocurrió algo comiquísimo. Mientras explico el caso a la empleada (de pie, porque no había en qué sentarse) ¡se me cayeron los pantalones! ¡hasta el piso! ¡y llevaba una blusa corta! Por suerte, los panties no estaban rotos ni desbembados. A pesar de lo contrariada que estaba, me dio un ataque de risa y, con toda naturalidad, me subí los pantalones y s...

La educación de nuestros presidentes

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  Yo no había cumplido 10 años cuando mataron a Trujillo. Nunca lo vi en persona. Las anécdotas con relación a su educación doméstica abundan, algunas pintándolo como un perro y otras ponderando sus valores y su sentido de la familia. Del desfile de presidentes que se sucedieron después de su muerte, es poco lo que se sabe al respecto, principalmente por lo efímeros que fueron sus mandatos. Luego, Juan Bosch, con quien me traté de cerca. Por un lado, era amigo de infancia de mi abuela Cosetta, se adoraban. Por otro lado, su primer matrimonio fue con una parienta nuestra cuyo nombre no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que las veces que él y yo nos encontramos, invariablemente me apretaba los cachetes y me decía: “¡Igualita a su abuela!” Cada vez, le respondía lo mismo: “Don Juan, abuela era pelirroja, de ojos verdes.” Y él me decía: “Pero te mueres si no le dices cuatro verdades a la gente en su cara. En eso es que te pareces a ella.” Y, la última vez que nos vimos, en el ani...

El Nacional impreso

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  No recuerdo cuántos años fueron. Con seguridad, más de 10. No sé si completé los 20. Solo sé que gocé hasta lo indecible en esas páginas. Ni en mi vida familiar, ni en ninguna de mis relaciones - llamémoslas - amorosas, ni en ninguno de mis medios de sustento – ya fuera empleada o independiente - me sentí tan consentida, tan acogida, tan respetada. Adquirí categoría de persona. Recibí muchas cartas de lectores, principalmente de dominicanos en Nueva York. Tantas, que me atreví a decir que tenía un fan club. Viví experiencias de película, como aquel sábado en la tarde que me publicaron “Cubiertos de plata”, sobre una breve visita que me dispensó mi ex, durante la cual su necedad me hizo valorar lo bien que se vivía sin él. Esa tarde, me detuve unos segundos en la entrada de un centro comercial para que mi hija se montara en el carro y, repito, fue de película el momento en que un pequeño grupo de mujeres me reconoció. Algunas, seguramente divorciadas, sacaron de sus carter...