Feminifobia
Los de la generación de mis
padres decían que “los hombres que maltratan las mujeres no pelean con hombres”.
Los de mi generación, que coincidimos con la llegada de la carrera de Sicología
a las universidades dominicanas, decíamos y, por lo menos yo, todavía lo digo,
que los hombres que maltratan las mujeres son, mínimo, homosexuales latentes.
Creo que he dado suficientes
pruebas de que no tengo nada contra las preferencias sexuales, cuya causa
estuve apoyando hasta que se desbordaron, al punto de que ya están faltando
letras en el alfabeto para completar sus siglas, no hablemos del frenesí que
llegó a administrar hormonas a menores de edad.
Si son felices, que lo disfruten.
Lo que no pueden ni deben, por más que quieran, es imponerse. Pero no es mi
tema de hoy.
Como tantas otras personas, estoy
recontrajarta, no solamente del abrumador número de mujeres que viven en
situación de violencia, demasiadas desde niñas, y el cien veces maldito sistema
de protección.
He mencionado muchísimas veces
nuestra cuota de culpa, partiendo de que somos nosotras quienes parimos y
criamos a los varones. Y está más que probado que la relación de las madres con
sus hijos (varones) en demasiados casos es enfermiza.
Sí, he presenciado muchas veces
cómo tantas madres enseñan a sus hijos a adorarlas al tiempo de inculcarles que
ninguna mujer es digna de ellos.
Tiendo a creer que en la mayoría
de los casos de violaciones a menores se trata de hombres a niñas, pero eso no
descarta la probabilidad de un buen número de abusos sexuales de madres a sus
hijos (ni descarta la violación de hombres a niños, ni de mujeres a niñas).
El caso es que todos los intentos
de reducir y, preferiblemente, eliminar el problema, lo que han logrado en
realidad es aumentarlos, al punto de que no es pequeña la porción de la
población que ha aprendido a ver los casos con naturalidad.
Todos tenemos una cuota de responsabilidad:
los poderes del Estado, otros poderes como la prensa y las iglesias, la
sociedad civil, la policía, la marina, la aviación y la guardia, en fin, todos
y cada uno de nosotros.
La palabra del título no existe
en nuestro idioma. Acabo de inventármela, pero pueden usarla con toda libertad.
No tengo copyright. Lo que tengo es una rabia grande, muy grande. Creo que se
entiende claramente que significa odio o miedo a las mujeres.
Sí, porque hay situaciones en la
vida en las que el odio no es suficiente y se requiere una buena dosis de
miedo. Y viceversa. Sin contar con que frecuentemente uno genera el otro.
Aparentemente, en la actualidad
hay más mujeres que han logrado o están luchando por su independencia económica
y social. Y más hombres ignorantes, vagos, irresponsables, sin horizonte que,
además, no soportan la realidad de que esas mujeres no los necesitan. En estos
tiempos, hasta se puede concebir “no presencial”.
Claro que es buenísimo bailar,
salir, ejercer la sexualidad y compartir el amor con un hombre. Pero cuando
empiezan a aparecer las menores señales de sicopatía, narcisismo, agresividad,
sexualidad retorcida y demás, hay que salir de ellos para siempre.
Ahí es donde debería entrar en
acción el sistema de protección oficial, sin embargo, lo que estamos viviendo
indica que el Estado y los demás poderes, incluyendo no pocas de las mujeres
que los componen, también son absolutamente feminifóbicos.
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