¡Ay, esos contratos de adhesión!
Dice “don” Copilot;
“Un contrato de adhesión es un
tipo de contrato donde una de las partes establece las condiciones generales, y
la otra parte solo puede aceptarlas o rechazarlas sin posibilidad de negociación.”
Así son los contratos de
servicios masivos. Las empresas de servicios son incalificables. No sé cuál de
todas me tiene más recontrajarta.
Así como era difícil vivir sin
teléfono durante muchos años, ahora es difícil vivir sin celular y el inefable
internet.
Ya, sin darnos opciones, la
compañía Claro nos cambió las líneas telefónicas (alámbricas) por fibra óptica
(desde la cajita del internet).
Pagamos una suma mensual por un
número de minutos en el teléfono, más un determinado plan de internet aéreo
(wifi). Hay quienes también pagan por el servicio de telecable. No estoy
hablando de celulares, sino de servicios -llamémoslos – domésticos. Fijos, no
móviles.
Aparte del constante asedio para
que nos cambiemos de plan, resulta que cada vez que el servicio falla porque
SUS aparatos, que ellos instalan en nuestras casas, se dañan, y requieren la
presencia de un técnico porque detectaron que no pueden repararlos a distancia,
tienen a bien informarnos que nos harán un cargo de casi dos mil pesos por una
visita que, además, debemos esperar el día y la hora que ellos puedan.
O sea, pagamos una mensualidad
por un servicio. Y cuando el servicio falla y SUS aparatos requieren la visita
de SU técnico, que trabaja para ellos, sea como empleado o como contratista,
nosotros, los clientes, lejos de ser resarcidos, tenemos que pagarlos.
Y estoy hablando de Claro porque
a Claro debo el pique que tengo desde ayer. Pero todas esas empresas van de
iguales a peores.
Tricom pasó a la historia
batiendo récords mundiales de averías y tardanzas para reparar.
Llevo años esperando que Altice
venga a recoger unos cables ya fuera de servicio que van desde el poste hasta
los apartamentos que están en la parte posterior del edificio, pasando por mi
techo inclinado (ocupando mi espacio aéreo), donde no he podido poner tejas
impermeables.
Claro tardó más de dos años en
venir a recoger una parábola en desuso que también instaló en ese mismo techo.
Pero, con cualquiera de esas
empresas, si nos descuidamos, el mismísimo día de vencimiento de un tiempo
impuesto unilateralmente para pagar las facturas, suspenden el servicio.
Son muchas las esclavitudes en
las que vivimos los ciudadanos de estos tiempos. No sé al resto del mundo, pero
a cada rato me dan ganas de cancelar todos esos contratos. Solo que la forma en
que vivimos nos pone bastante cuesta arriba cambiar de números de teléfono y de
celular y, sobre todo, vivir sin internet.
¡Ja! Ahora dice el técnico de
Claro que es la fibra óptica rota en la calle, que ya lo reportó a Ingeniería,
y que avisarán cuando lo arreglen. Sin fecha, ni siquiera aproximada. O sea,
jódanse. ¡Y paguen de todos modos!
¿El chiste? Como no hay wifi,
usamos la data de los celulares QUE PAGAMOS y, cada tantos minutos, nos sale un
letrero: “Usted está usando (x)GB.” O, “Usted ha hablado (x) minutos”. ¡Oh, yo
creía que pagaba – puntual y religiosamente - para eso, para usarlos!
Es como para ponernos un cohete
en el c… ¡y explotar!
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