Cada ritmo trae sus pasos
Y así, nos hemos pasado la vida
aprendiendo a bailar. Cada vez que aparece un ritmo nuevo, ¡a aprender a bailarlo!
Los de mi generación, por
supuesto, hemos tenido el merengue desde que nacimos hasta la fecha. Ha tenido
épocas en que se ha puesto muy desagradable, incómodo, difícil, acelerado, mezclado.
Los que somos de ciudades, nos
quedamos con los merengues de orquesta. Aceptamos la llegada de los combos
hasta que empezaron a reproducirse como curíos, y no pocos masacraron el merengue.
Felizmente, siempre sobrevivió.
En el camino, también disfrutamos
del son, el danzón, la divina guaracha, el maravilloso chachachá, la plena, la
bomba, el mambo, la rumba, la chunga, la pachanga, la charanga, el bugalú, la
mangulina, la variedad de salsa (romántica, brava, etc.).
Otros ritmos nunca llegaron a los
salones de baile. Por ejemplo, en una época Rafael Solano llevó la mangulina a
los bailes y sudamos la fiebre, pero el carabiné no. Angel Viloria grabó música
y letras de un carabiné, a ritmo de merengue. La bachata, aunque existía, tardó
en llegar y lo hizo arrolladoramente.
Aunque también son ritmos
caribeños, por aquí nunca hemos sido muy fanáticos de la cumbia, el porro, el joropo
y otros ritmos del Caribe continental, aunque no pocos merengues contenían
letras que originalmente eran de esos ritmos. “Cayetano baila bembé, a e, baila
bembé”, por dar un solo ejemplo de los tantos.
Nos hemos apegado a los ritmos
del Caribe antillano, particularmente de las islas hispanohablantes, que son
las más cercanas.
Nos llega muy poca música –
bailable o no - de Haití. No quiero discutir el tema. Sin embargo, no seguiré
de largo sin recordar que algunos de nuestros merengues favoritos, de los que
se han mantenido durante años en nuestras preferencias, han sido tomados de piezas
haitianas.
Por ejemplo, El Jardinero, que
todavía nos sacude cuando lo escuchamos, se armó de la música de dos piezas de
moda en Haití en esa época. Las letras de la primera parte son de una canción
mexicana. Original, solamente la parte del rap.
Mucho antes, Antonio Morel grabó
Massá Massá con Francis Santana, que todavía me encanta, aunque no sé lo que
dice.
No entiendo como hay personas a
quienes no les gusta bailar. Más fácil entiendo a los baila malo que no solamente
lo intentan, sino que lo disfrutan, aunque nos dañen la fiesta y los zapatos.
Yo pasé buena parte de mi
infancia rodeada de tíos, tías, primos y primas, solteros todos, buenos bailadores,
que no perdían ocasión de armar fiestas en diferentes casas, aquí, en la capital,
pero todos nacieron y se criaron en La Vega, donde también fui a muchos bailes.
Después llegó la “música
americana”. Ya el rock’n roll no tanto. Se bailaba más twist y mashed potato. Aprendí,
sí, pero para mis pies nunca ha habido un ritmo que supere a un buen merengue,
con un buen “parejo”.
Nada más cierto que “nadie te
quita lo bailao”. Si no fuera por esos tantos divinos recuerdos, estaría
muerta.

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