“La religión es el opio del pueblo”
No hay que ser marxista, es más,
ni siquiera hay que ser ateo para estar de acuerdo con eso. La religión, cualquiera
que sea, es una desgracia. Lo ha sido siempre. Esto no es una opinión. Es un
hecho comprobado en demasiados capítulos de la historia universal.
Publiqué hace un ratito en
Facebook que “Muchísimos izquierdistas dominicanos NO son ateos. Son
creyentes ¡y practicantes!”
No pensé que tendría que aclarar
mi comentario, pero por lo que han comentado algunos contactos, parece que no
he sido debidamente interpretada.
De ninguna manera he intentado
referirme a los conocidísimos chaqueteros, porque de ellos sabemos que no son
izquierdistas ni apegados a ninguna ideología, ni credo, ni práctica fuera del
chaquetismo.
No he intentado evocar a quienes
se mueven al vaivén de las olas de nuestro peculiar “ejercicio político”, por
llamarlo de algún modo y sabiendo, como todos sabemos, que es más bien la
búsqueda de notoriedad, preferiblemente acompañada de algún nivel de mejoría
económica y, con algo de suerte, social.
Nada de eso. Yo me he referido a
amigos y conocidos con los que mantengo una excelente relación, de los cuales
doy fe de su integridad, de su seriedad y de su estricto apego a sus creencias.
Siempre me ha llamado la
atención, sabiendo que son izquierdistas de verdad, coherentes en su
trayectoria y, sin embargo, practican costumbres religiosas, como hacer misas a
sus difuntos, por poner un ejemplo.
No pocos se casan en la iglesia.
Bautizan a sus hijos. Los hay que van a misa y otros cultos, rezan el rosario, van
a las procesiones, en fin, que tienen fe.
Entonces, a veces me siento un
poco extraña. Yo, más que atea, soy anticlerical. Contra todas las denominaciones
de las iglesias. Lo que no soy es izquierdista. Ni derechista. Ni de centro.
Pertenezco a una clase en
vertiginosa vía de extinción: la burguesía arruinada. Una clase venida a menos,
hundida y sin esperanzas de nada, ya que cada vez que intentamos sacar la
cabeza, nos dan un palo para hundirnos más.
Somos los que apestamos en todas
partes. Los que, sin ser pobres ni vivir como pobres, no tenemos nada. Quiero
decir, nada material. De lo que podemos alardear, y a veces lo hacemos, es de
tener buenas costumbres, principios, valores y mantener el difícil equilibrio
para no caer en bajezas ni en nada que nos avergüence o nos haga lucir falsos.
Somos los que no necesitamos
apartamentos en torres, ni yipetas, ni joyas ni ropas caras para sentirnos “gente”.
Los que nos reímos cuando la gentuza se atreve a barrer el piso con nosotros.
Entonces, me pareció que, si la
vida de un burgués arruinado es difícil en un medio tan hostil, tan vacío y tan
sin propósito como el nuestro, debe ser mucho más difícil ejercer el
izquierdismo y la religión a la vez. Sí, me sorprende que no sean ateos.
Pero, si ellos son felices así,
yo también lo soy por ellos. Me llama la atención, pero los respeto.
Por favor, si vas a escribir un comentario, incluye tu nombre. Gracias.

Comentarios
Leí con atención tu artículo “La religión es el opio del pueblo”. Respeto tu postura anticlerical y tu franqueza al expresar que ves la religión como una desgracia histórica que adormece y distrae a las personas de la realidad. Entiendo que para ti representa un consuelo ilusorio que impide enfrentar con lucidez las injusticias y las verdaderas causas de los problemas sociales.
Mi visión es casi diametralmente opuesta, y por eso quiero compartirla contigo con el mismo respeto.
Creo que lo que realmente adormece y esclaviza a las personas hoy no es la fe cristiana auténtica, sino los nuevos “opiáceos” modernos: el culto al yo absoluto, el consumo desenfrenado, las tendencias constantes, los impulsos inmediatos y la desconfianza generalizada que nos rodea. La libertad que se nos vende (“hacer lo que quiero mientras no esté prohibido”) termina convirtiéndose en una dependencia más sofisticada y autodestructiva.
En mi reflexión defiendo que el cristianismo no es una limitación ni una prisión, sino un camino hacia la verdadera libertad. Esa libertad no consiste solo en ser “libre de” restricciones externas, sino en ser “libre para” vivir bien y hacer el bien. Y el fundamento de esa libertad está en el primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, que Jesús resume como “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.
Cuando Dios ocupa el primer lugar, los demás “dioses” (el ego, el dinero, el placer, el poder o las redes) pierden su capacidad de dominarnos. Lejos de adormecernos, esta fe nos confronta con nuestros límites y nos llama a una vida de integridad, responsabilidad y frutos concretos: amor, paz, generosidad y humildad.
El te enviaré mi artículo completo de Semana Santa para que lo leas con calma. No busco convencerte, sino simplemente ofrecerte mi perspectiva como contrapeso sincero a la tuya. Valoro mucho nuestra amistad y el diálogo abierto, aunque pensemos distinto en este punto tan central.
Un abrazo,
Giovanni D’Alessandro ❤️