Belisa Amelia
Cuando nació, ya éramos siete los
nietos de Maquinco Lara y Belisa Mieses, dos hembras y cinco varones. Ella fue
la octava nieta (de abuelos paternos fallecidos), la tercera hembra. Fue una
algarabía. Todavía teníamos dos tías solteras, una de ellas preparando su boda
para el mes siguiente.
(Doy por hecho que todo el mundo
sabe lo bueno que es tener tías y tíos solteros. Yo disfruté de cuatro.
Solamente uno de los hermanos de mi mamá se había casado siendo yo muy niña, lo
que también fue bueno: su esposa era una súper tía y además me dieron un primo
y una prima en la primera infancia.)
Esa prima de la primera infancia,
cuarta en la línea de los primos, que también se llamaba Belisa, Belisa
Altagracia, murió en un accidente terrible teniendo menos de 30 años, cuando se
dirigía a su lugar de trabajo, fuera de la ciudad.
Esta madrugada se nos fue Belisa
Amelia.
Su nacimiento significó mucho
para mí. Ese día, estaba de vacaciones en La Vega y, mientras desayunaba,
recibí una llamada de mi tío Dante, su papá, anunciando no solamente el feliz nacimiento,
sino que yo sería la madrina de Belisa Amelia. Perdí el habla, de la emoción.
Por un lado, nos criaron en el
catolicismo, en colegio de monjas. Todavía estábamos lejos de cuestionar el
papel de la iglesia en la historia.
Muy ceremonioso, mi tío y
compadre me advirtió: “a falta de padres, los padrinos”. ¡Qué responsabilidad!
Por otro lado, me sentí tomada en
cuenta ¡y de qué manera! Solo yo sé lo que eso significó para mí. Yo vivía en
la sucursal del infierno, eso que llaman hogar disfuncional y, de repente,
¡madrina de Belisa Amelia! ¡comadre de Amelia y Dante!
El nacimiento de Belisa Amelia se
convirtió en mi razón de vivir. Años más tarde, ya madre soltera, tuve que
poner tierra por medio para proteger a mi hija de mi propia familia, así que no
supe cuándo Belisa Amelia se casó y conocí a sus dos niños accidentalmente en
un supermercado.
Años después, ya mi hija universitaria
y los de ella adolescentes, nos reencontramos y nos tratamos de cerca durante
un tiempo que disfrutamos mucho. Me dio mucha satisfacción constatar que había
formado una bella familia y que era inmensamente feliz.
Estuve presente cuando murió su
mamá, mi queridísima comadre Amelia y, por supuesto, cuando murió mi más
querido compadre Dante. No recuerdo cuántos años hace, pero no volví a ver a mi
ahijada, lo que no me impidió estar pendiente de su proceso de salud y
encontrarme, en este momento, devastada.
Entiendo que se hizo todo lo que
se pudo y más. Que su esposo y sus hijos se desvivieron en atenciones y
cuidados, que la acompañaron hasta su último hálito de vida. Sé que luchó como
una campeona. Y hace días que entendí que no había nada más qué hacer, que
necesitaba descansar. Pero ¿por qué no me fui yo, que no hago nada en este
mundo?
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