Del colegio a la UASD
O de la caridad a la solidaridad.
Recientemente, como que no supe
explicar a un grupo de jóvenes el impacto que tuvo, para mí y algunas
compañeras de promoción, el salto de un colegio de monjas a la UASD “sin pasar
por GO ni cobrar los $200”.
Vivimos agradecidas de todo lo
aprendido en el colegio, no cabe la menor duda. Pero tampoco hay duda de que
vivíamos en una burbuja. Nos enseñaron a pensar en los pobres, sí. Eran
frecuentes las colectas de ropas, sábanas, toallas, enseres del hogar y algún menudo
para llevar a algunos barrios. También dedicábamos tiempo a la alfabetización
de adultos, a cooperar con algunos servicios de salud, en fin, a practicar el
precepto de “amar al prójimo como a ti mismo”, pero el prójimo allá y nosotras
aquí.
Caridad pura y dura, para
disfrutar de nuestro bienestar y hasta comulgar en misa sin remordimientos.
Sin embargo, en la UASD, los
pobres no eran esa gente cuyos lejanos barrios visitábamos esporádicamente en
plan de generosidad y altruismo. Eran nuestros compañeros (y no pocos
profesores).
Ver tan de cerca los esfuerzos de
esos contemporáneos nuestros por ser ciudadanos útiles a la sociedad cuando
completaran los estudios que los llevarían a ejercer las diferentes profesiones,
a base de tantos sacrificios, de entrada, nos hizo sentir diminutas, pero terminó
llevándonos al gratificante terreno de la solidaridad.
Porque, como si fuera poca su
lucha por asistir a clases, tantas veces sin poder costear los medios de
transporte ni proporcionarse una alimentación adecuada – ni pensar en comprar
libros - también fueron quienes formaron la inmensa masa que peinó las calles a
golpe de “medio millón a la universidad” y otras consignas que generaron tantos
bombazos, macanazos y no pocos balazos. Más de una vez nos tocó esconder uno
que otro.
Hay que decir que, además, eran
compañeros insuperables y muchos, muchísimos, eran súper divertidos, todos con
historias personales de novela. Muchas veces, cuando se armaban los reperperos,
antes de unirse a ellos, nos buscaban y nos recomendaban insistentemente que abandonáramos
el recinto, pensando que no resistiríamos los embates policiales. Sí, nos
cuidaban. Pero no nos íbamos. Ahí nos quedábamos.
Lo mucho que aprendimos en las
aulas con los tantos buenos profesores que nos tocaron no se compara con lo que
adquirimos a nivel de conciencia social y política en la convivencia con
nuestros compañeros.
A lo largo de los más de 50 años
transcurridos desde entonces, hemos visto muchos de nuestros compañeros brillar
cual estrellas de primera magnitud en el ejercicio de las diferentes carreras y
especialidades que hicieron. Ciudadanos de bien, orgullo de la sociedad.
Claro que no hay regla sin
excepción. Los ha habido, incluso de los más brillantes, que han metido la pata
de mala manera, especialmente entre los que se dedicaron a la política y hasta
llegaron a posiciones de poder, tirando a la basura los principios que los
llevaron a participar en las luchas de otros tiempos para ejercer el
chaquetismo sin el menor rubor.
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