La diabetes llegó a mí.

 


Me he pasado la vida diciendo que la muerte no me preocupa, pero que temo mucho a las enfermedades.

Y heme aquí, a dos meses de cumplir 75 años, aterrorizada por el súbito diagnóstico de una diabetes de la peor.

Ya venía hace un tiempito con una amplia variedad de síntomas, hasta que fui a la neuróloga solo por uno de ellos, el que más me preocupaba. Ella logró rápidamente hilvanar el conjunto de síntomas, me mandó de urgencia a una endocrinóloga y no quedó el menor resquicio de duda: diabética.

Dicen que estaba de ingresarme, pero también saben que soy paciente difícil, así que por eso “me chancearon”.

Mi vida ha sufrido un cambio súbito, desagradable, rayano en violento. Está claro que nadie pesa más de 200 libras por inapetencia. Ahora, de repente, no puedo comer nada de lo que acostumbraba hasta anteayer, nada de lo que me gusta.

Es sabido que los gordos nos ponemos tristes cuando nos da hambre. Y nada de lo que llevo dos días comiendo me la quita.

Pero esto es lo mismo que tener una espada sobre la cabeza. El miedo es más fuerte que la rebeldía.

De la familia de mi abuela materna, los Mieses, recuerdo en mi infancia a su hermano, el tío Milán, sentado en la puerta de su casa cada tarde, con una pierna mutilada. Años más tarde, su hermana Mamá Chila, también mutilada. Más otros diabéticos. No tengo muy claro de qué murieron los demás, pero sé que algunos de sus hijos, mis primos segundos (algunos más cercanos a mí – en edad - que a mi mamá que era su prima hermana), padecieron de diabetes.

Del lado de la familia paterna de mi mamá, los Lara, abundan los diabéticos. También recuerdo más de un mutilado.

Y de los primos hermanos de lado de mi mamá, que éramos 15, ahora 13, hay más de un diabético, incluyendo a mi hermano, también amputadísimo.

O sea, la diabetes siempre ha estado pisándome los talones, hasta que me atrapó.

En razón de mis rasgos físicos y mi carácter, siempre me apegué a la idea de que mis enfermedades llegarían del lado de las familias de mi papá, los Alvarez y los Lora, muchos de los cuales han tenido la suerte de morir súbitamente, sin tener enfermedad aparente ni diagnosticada, y unos pocos de cáncer.

Pero no ha sido así. Imaginen el cuadro. Se acabaron los biscochos con mucho suspiro o mucha leche condensada. ¡Eso duele! Bueno, creo que ni el ciberespacio alcanza para escribir la lista ni describir lo que siento por esta dieta de hambre.

¿Saben lo que es tener en la nevera el mejor dulce de leche cortada de la bolita del mundo y no poder ni mirarlo mucho? ¿Saben lo que es haber encontrado el cada vez más escaso dulce de lechosa verde en almíbar – seco no aparece ni en los centros espiritistas - para tener que regalarlo, porque a mi hija no le gusta?

Me trastorna la idea de no poder comer más la mermelada de frambuesa que me trae Gisela, ni las tartaletas de albaricoque del Carrefour.

La lista de comidas saladas prohibidas es interminable, empezando por el pan con mantequilla abundante.

Súmenle a eso las cuatro punciones al día, dos para medir la glucosa y dos de insulina. Me jodí. Ahora tengo luto de mí misma.

 

 






Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Ponte fuerte ya la ciencia a avanzado , luego que te controlen la azúcar podrás agregar algún gustico

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