Arí (con acento en la i)
En 2012, le dije a Patricia, la ya
fallecida veterinaria, que quería un perrito faldero, que estuviera siempre
cerca de mí y que me siguiera por todas partes. Me dijo que tenía un chihuahua,
hijo del chihuahua de ella, y que me lo daba si me llevaba un gatito que
compartía jaula con él.
En ese tiempo, estábamos viendo
una novela brasileña, Ti Ti Ti, que se trataba de la rivalidad de dos modistos,
Arí y André, y así llamamos al chihuahua y al gato. André murió hace unos meses
y Arí hace días que está dando señales de que quiere irse.
Teniendo 6 años, presentó una
cardiopatía, se la trataron, le indicaron unas pastillas de uso contínuo, y le
pronosticaron tres meses de vida. De eso hace 8 años.
Arí nunca ha sido simpático, ni
cariñoso, ni juguetón. Y eso que yo quería, un perrito que me siguiera a todas
partes, no se me dio ni un solo día.
Para mi suerte y para desgracia
de Arí, pocos meses después de su llegada a mi casa, Pierina me regaló a
Rosalía, la divertida pug que, aunque nunca gozó de buena salud, fue
inmensamente feliz y nos hizo inmensamente felices durante los 10 años que
vivió.
Los primeros años de Arí pasaron
en la casa donde vivíamos, de la cual se fugaba con frecuencia y espantaba a
los perros que paseaban en nuestra calle. Entre ellos, había un siberian husky
que le tenía mucho miedo a Arí, no hablemos de los “deliveries” de los
colmados. Arí era “el terror de la pradera”.
Pero ya hace más de 8 años que
vivimos en un apartamento de segundo piso y no puede fugarse. Ni siquiera
tenemos un balcón desde el cual pudiera verse el movimiento de la calle.
Solíamos sacarlo a pasear, pero
desde hace un tiempo, ya en la primera esquina estaba sofocado, había que
cargarlo y el paseo, con él en brazos y tres perras de diferentes tamaños, se
hacía muy difícil, por lo que hace un buen tiempo que no sale del apartamento.
No quieran oír sus gritos cuando
mi hija sale con las tres perras. Y ahora sí, me sigue a todas partes, por lo
que su ejercicio físico se ha limitado a subir y bajar las escaleras internas
del apartamento, que consta de tres pisos.
También se pone frenético cuando
lo montamos en el carro, porque sabe que es directo al veterinario.
Ya es evidente que está “más para
allá que para acá”. No se despega de mí. Vomita todo lo que come. Perdió el
equilibrio: se va de lado cada vez que se para. Lo percibimos desorientado a la
hora de movilizarse dentro del apartamento. Nunca fue gordo, pero ahora está
esquelético.
En fin, estamos en la situación de que no queremos perderlo, pero sabemos que no podemos impedir que se vaya. Él mismo, a cada rato, parece estar devolviéndose quién sabe de dónde.
Como dicen en el campo, “que en
él se insuelva”. Gracias, Aricito.

Comentarios
Ricardo Haché.