Como el santo rosario
74 años “entrao en” 75 son muchos
años. Por más que nos digan “todavía usted está joven”, la realidad es que a
esta edad no lo somos. De hecho, estamos a tiro de hit para alcanzar la
esperanza de vida en nuestro país (lo cual no significa que no la superemos,
como tantos de nuestros conocidos y desconocidos).
Por supuesto, para llegar hasta aquí,
fuimos niños, jóvenes y adultos. Ahora somos viejos (¡no al eufemismo de adulto
mayor, que ser viejo no es delito ni ofende a nadie!).
No sé si son cosas mías, pero
tengo la percepción de que nosotros, los viejos de mi generación, somos
bastante más vitales que los de generaciones anteriores. Muchos todavía trabajan,
otros dejamos de trabajar hace poco, aun teniendo fuerzas, lucidez y ganas para
seguir.
Pero veo fotos de mi niñez con
mis abuelas, que no tenían ni 60 años cuando nací, y de mi hija con mi mamá,
que tenía 66 cuando ella nació, y lucen mucho mayores que mis contemporáneos y
hasta de los que ya alcanzaron o están llegando a los 80.
Al igual que ellos, ya estamos
como el santo rosario, llenos de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. A
diferencia de ellos, deberíamos estar en actitud de revelarlos, poco a poco,
para que rindan, para que nuestras experiencias sean útiles a los que vienen
atrás, para fijar posiciones sobre determinados aspectos de la vida, para
ejercitar la memoria y, sobre todo, para divertirnos, viendo desde otra óptica
hasta nuestros peores momentos.
Sí, es tiempo de que cada uno
empiece a redactar su bitácora. Hasta la más aburrida, la más insulsa de las
historias de vida, tiene momentos interesantes, aleccionadores, sorprendentes.
La parte más dura de esta etapa
de la vida es ver partir a quienes han sido parte de nuestra historia,
principalmente parientes, compañeros de escuela y amigos cercanos. Por temporadas,
sobre todo desde la pandemia, asistimos a más funerales que cumpleaños. Pero la realidad es una sola: hay que morir y
debemos ver ese hecho inevitable con naturalidad. Aunque duela.
No hay que tener miedo. Total, la
vida no es algo tan maravilloso como para aferrarse a ella, aunque tampoco, por
desastrosa que haya sido, hay motivo que justifique precipitar lo que de todos
modos llegará en su momento.
En cada funeral, vivimos una
mezcla de tristeza por el fallecimiento y alegría por encontrarnos con quienes
coincidimos en esos eventos.
Pasando revista, mi vida no ha
sido precisamente un lecho de rosas. Me agarró la vejez con el peso de mis
libras y creo que en cada una de ellas hay toneladas más difíciles de arrastrar
que no se reflejan en ninguna báscula, no hablemos de las huellas invisibles de
golpes y heridas en el alma.
Felizmente, también he gozado
muchísimo. El balance no es precisamente positivo, pero aprendí temprano a reírme
de ciertas tragedias (y a llorar por no pocas comedias).
C’est la vie. Solo hay que
vivirla. Con convicciones. Sin orgullo ni lamento. No hay opción.
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Comentarios
SIEMPRE he admirado tu
forma de escribir.
Te agradezco
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Te admiro y te aprecio siempre.
Un fuerte abrazo.