No podían ganar los dos
Hace algo más de 60 años, en mi
adolescencia, mis vecinos coetáneos y yo oíamos los juegos de pelota por radio
en el parqueo de una farmacia.
El radio era de plástico duro.
Era mío, salido de una compra-venta que mi papá tenía entonces, como
compensación a unas facturas que revisé y organicé.
Del grupo que se reunía a oír los
juegos, casi todos eran liceístas. Había un aguilucho y yo era (soy)
escogidista. Las Estrellas Orientales no tenían a nadie en ese grupo.
Una noche, el juego que estábamos
oyendo era entre las Estrellas y el Licey, en San Pedro de Macorís. Recordemos
que, en ese tiempo, las Estrellas eran los perdedores seguros en todos los
campeonatos.
Resulta que ese día, no solamente
ganaron las Estrellas, sino que fue una pela 16 a 4. A pesar de que, de no ser
por la sorpresa de que las Estrellas ganaran, la lluvia de palos y anotaciones calificaban
para aburridas, la cuerda que cogió la liceísta más fanática que haya nacido en
nuestro país, ya fallecida, la llevó a agarrar mi radio y darle un estrellón
que lo volvió añicos, no hablemos de todo lo que soltó por su boca.
Nunca había visto ni he vuelto a
ver un nivel de indignación tan grande, solo por haber perdido un juego. Lo que
le dio rabia fue que perdieran del perdedor natural, ¡y de qué manera! Ella “le
corrió alante a la bola”, para evitarse la cuerda que yo, de todas formas, le
di, sin siquiera reclamar lo que hizo a mi radio, en el cual ella misma oía los
juegos.
Ella misma hizo inolvidable algo
tan fácil de olvidar como un juego de pelota sin más emoción que el equipo
permanente en el sótano le ganara a uno con historia de ganador.
Total, a la hora de la semifinal
y la final, los escogidistas apoyábamos a las Águilas y los liceístas a las
Estrellas (más bien, las Estrellas al Licey, porque rara vez, por no decir
nunca, las Estrellas calificaban para nada).
Esto ha cambiado por completo.
Pero lo que quiero resaltar es que perder uno o varios juegos no resta ni un
ápice de calidad a un equipo. Por muy buenos jugadores y demás personal que
tengan, ¡el contrario también! Todos juegan para ganar. Y todos tienen bien
claro que no pueden ganar los dos.
Entonces, valoremos lo que hemos gozado en estos días (¡ay, ese jonrón de Wells!), el orgullo que nos han proporcionado nuestros peloteros, los apostadores, y nuestros políticos que, como era de esperarse, aprovecharon muy bien los juegos para fertilizar sus respectivas campañas del 2028, dejando (más) claro lo poco exigentes que somos los votantes.
Y éste será otro tema: los tantos
funcionarios dejando clara la búsqueda de seguridad en sus puestos actuales u
otros de más alto nivel para el próximo período.
Ahora, lo importante es no dejar que el árbitro nos amargue la vida y aceptar
que no podían ganar los dos equipos. El nuestro no ganó, pero sigue siendo un
coloso.
Por favor, incluya su nombre si va a dejar un comentario. Gracias.
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