No quedará piedra sobre piedra
Pronto hará 20 años que murió mi mamá y todavía ella vivía cuando Roberto Salcedo empezó a destruir la Zona Colonial. Ni una sola de sus intenciones era sana. De su propia boca escuché que no quería que los indigentes durmieran en los bancos de los parques, ni que los homosexuales se reunieran en el Parque Duarte, que cambió árboles centenarios por palmas porque las raíces de los árboles rompían el cemento.
Cuando empezó a poner (no sé si
con fondos de la Alcaldía o de los propietarios) toldos uniformes a todas las
casas, a muchos nos pareció que estaba convirtiendo la zona en escenario para
las infames películas de su hijo Robertico.
Fue alcalde durante 10 años (le
tocó el período de 6 años para volver a empatar las elecciones municipales y
del Congreso con las presidenciales). No fue poco el daño que hizo en toda la
ciudad, principalmente en el centro histórico de la capital dominicana.
Lo sucedió en el cargo David
Collado. Cuatro años de alcalde más seis que lleva de ministro de Turismo y es
poco lo que le falta por desbaratar. Pronto no quedará piedra sobre piedra en
la zona. Y con esa destrucción, se perderá nuestra historia, la historia de la
capital dominicana.
Hacía años que no pasaba ni
cerca, para no deprimirme. Hoy, no solamente pasé, sino que, gracias al desastre,
tuve que hacer un recorrido completamente fuera de mis planes y no puedo
describir mis sentimientos. Todavía tengo temblores.
El golpe más fuerte fue, al
estacionarme en la José Reyes, en la misma puerta de la iglesia de San Miguel,
ver “con mis propios ojos que se ha de tragar la tierra”, el emblemático parque
cercado, completamente destruido, lleno de retroexcavadoras, montañas de tierra,
de manera que muy pronto los árboles centenarios caerán como guanábanas
podridas. ¡Y la puerta de esa iglesia, dos hojas de vidrio!
Bajé por la José Reyes hasta las
Mercedes, con idea de llegar a la Bolívar para regresar a mi casa. ¡Oh,
sorpresa! La última cuadra, bloqueada. Tuve que bajar por la Espaillat, en la
Arzobispo Nouel había que doblar a la izquierda “obligao”, en la Duarte también
obligado a la derecha hasta la Padre Billini, y réquete obligado hasta la
Meriño para caer en el Malecón. Cada vez más lejos de mi casa.
Parecería que la zona está en
guerra. No sé si habrán resuelto el problema del desnivel de las calles con
respecto a las aceras, que llevaba el agua lluvia al interior de las viviendas.
No tengo idea, ni sé contar hasta el número de millones que se ha gastado en la
ciudad colonial durante estos 20 años. No sé cómo vive la gente por ahí. Lo que
está a la vista es un desastre monstruoso que estamos pagando todos nosotros
inconsultamente.
Pero esos son los meritorios,
triunfadores. Ahí está Roberto de embajador, su hijo ministro avergonzándonos
en playas extranjeras y el tal David, ese gran desconocido, surgido de la nada,
primero diputado, luego alcalde, ahora ministro y aspirante a presidente.
Nosotros, los nacidos y criados en
Santo Domingo, y los demás residentes, rumiando de indignación al ver cómo
desaparece nuestra ciudad y con ella nuestra historia. No tienen perdón.
No soy buena tomando fotos, pero
creo que se percibe claramente la destrucción del parque San Miguel. ¡Qué
desastre!
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