El Nacional impreso

 


No recuerdo cuántos años fueron. Con seguridad, más de 10. No sé si completé los 20. Solo sé que gocé hasta lo indecible en esas páginas. Ni en mi vida familiar, ni en ninguna de mis relaciones - llamémoslas - amorosas, ni en ninguno de mis medios de sustento – ya fuera empleada o independiente - me sentí tan consentida, tan acogida, tan respetada.

Adquirí categoría de persona. Recibí muchas cartas de lectores, principalmente de dominicanos en Nueva York. Tantas, que me atreví a decir que tenía un fan club.

Viví experiencias de película, como aquel sábado en la tarde que me publicaron “Cubiertos de plata”, sobre una breve visita que me dispensó mi ex, durante la cual su necedad me hizo valorar lo bien que se vivía sin él.

Esa tarde, me detuve unos segundos en la entrada de un centro comercial para que mi hija se montara en el carro y, repito, fue de película el momento en que un pequeño grupo de mujeres me reconoció. Algunas, seguramente divorciadas, sacaron de sus carteras el recorte del artículo, voceando: “Mire, doña Cosette, recortamos su artículo y lo guardamos. Gracias.”

Ya antes de eso, había pasado un año en Cabrera y otro en Puerto Plata, disfrutando de un vedetismo casi inmanejable. Me invitaban a todas las actividades sociales, casi con categoría de celebridad.

Desde mucho antes de mi regreso definitivo a la capital, fui invitada con frecuencia a los mejores programas de radio y televisión, por lo que tuve que viajar a Santo Domingo más de una vez. En algunos, participaba por teléfono mientras viví fuera de esta ciudad.

De las páginas de El Nacional surgieron amistades con seres interesantísimos, como Juan T. H., Koldo, Sara Pérez, Lillian Oviedo, Nicelia Figuereo, ...

Empecé con una carta semanal en la sección “Cartas de los Lectores”. Luego, articulista, también una vez a la semana. Más adelante, tres veces a la semana. Hice algunos reportajes y otras encomiendas especiales.

Me ofrecieron y acepté empleo fijo en La Nación, donde me trataron muy bien, pero al poco tiempo me botaron a solicitud del superior e intolerante gobierno morado. Y regresé a Cartas de los Lectores hasta que don Radhamés se retiró. Mis artículos, entonces, eran publicados en el matutino Hoy, también hasta que don Cuchito se retiró.

Fueron dos apoyadores conmigo. Padecí de muy poca censura. Pasé más tiempo en El Nacional y además las publicaciones eran más frecuentes que en Hoy.

Otros medios escritos también me pedían artículos. Llegué a mandar algunos a la Revista Rumbo, aunque no todos fueron publicados. Y también pasé una temporada escribiendo para la Revista Análisis, por cierto, la única que pagaba los artículos. Todo lo demás era colaboración, partiendo de que “escribir en periódicos abre muchas puertas” (palabras de don Pepín Corripio). A mí me las cerró todas (a las que él se refería).

Por supuesto que no todo fue un lecho de rosas, principalmente las relaciones con la administración, absolutamente catastróficas. De todos modos, lo gozado, nadie me lo quita.

A pesar de que hace muchísimo tiempo que no me cae un ejemplar impreso de El Nacional en las manos, era bueno saber que seguía existiendo. Nunca me dio nostalgia, sin embargo, me entristece saber que no saldrá más, que no lo veré de lejos en los semáforos, en fin, lo extrañaré.

Por favor, si vas a escribir un comentario, incluye tu nombre. Gracias.




 

 

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Precioso, como todo lo que escribes. Ricardo Haché.

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