Un día especial, muy diferente
El día de ayer empezó mal. Salí a
la hora establecida. Hice una parada que, para ser rutinaria, resultó de tira
tragicómica. Fui a un banco cercano a retirar un menudo para gasolina y
cualquier antojo durante una salida – muy prometedora - de la ciudad.
Meto la tarjeta en un cajero
automático y la escupe. La meto en el cajero contiguo y todo funciona bien,
excepto la entrega del dinero. Voy a un tercer cajero, el del “drive-thru” y el
monto solicitado en el anterior no está en mi cuenta.
Saqué lo que quedaba menos el
balance mínimo y entré al banco a informar que me está faltando un dinero que
el cajero no me entregó.
Y aquí ocurrió algo comiquísimo.
Mientras explico el caso a la empleada (de pie, porque no había en qué sentarse)
¡se me cayeron los pantalones! ¡hasta el piso! ¡y llevaba una blusa corta! Por
suerte, los panties no estaban rotos ni desbembados. A pesar de lo contrariada
que estaba, me dio un ataque de risa y, con toda naturalidad, me subí los
pantalones y seguí hablando como si nada. Parece que me estoy encogiendo, porque
esos pantalones son stretch y no he rebajado ni una onza.
Y más risa me dio ver los
empleados mirándose entre ellos, contenidos, solo sonriendo. Mi risa
desapareció cuando me dijeron que tenía que ir a la oficina del banco emisor de
la tarjeta, donde tengo la cuentecita.
Ese episodio significó un retraso
de una hora y media para salir de la ciudad.
Fuimos a Santiago, a visitar a
los Veras Pola: Gisela Vega, Elisa mi unigénita, y yo, a conocer a su recién
nacido y primer nieto. Aunque hemos mantenido contacto a través de los años, hacía
¡18 años! que no nos veíamos.
No puedo describir lo que
significó ese pasadía de ayer en el patio de Pedro y Susi, a la sombra del
inmenso caobo de su patio, donde disfrutamos de un cerdo asado deshuesado
relleno de moro y otros manjares, más la presencia de sus hijos María Alejandra
y Juan Manuel y sus hijas políticas Rosa y Zuleika, más las atenciones de
Teresa. Nos sentimos muy bienvenidas. Más acogedores no podían ser nuestros
anfitriones.
Fue una experiencia divina
escuchar los recuerdos de Pedro y Gisela. Son contemporáneos, nacidos y criados
en los tiempos en que todos se conocían, se trataban, iban a la misma escuela…
Impresionante.
También nos cargó la batería la
presencia de Wilma Tamayo, a quien conocimos en las marchas verdes. Desde Nueva
York, donde reside, fue mucho lo que cooperó con las marchas y muchísimo lo que
se fajó allá y aquí (sí, hizo varios viajes a RD para participar en las marchas),
no hablemos de la invaluable labor que realiza aquí y allá a favor de los
dominicanos. Sin haber perdido el contacto, no la habíamos visto desde la
Marcha del Millón.
Escribí a Sara Pérez para que
asistiera, en caso de que estuviera en Santiago, pero por sus publicaciones del
día, es evidente que no está en el país. Ella también conoce la sombra de ese
caobo. Habría gozado un mundo y habría enloquecido con la comida y con la
sangría que hizo Elisa.
Luego nos trasladamos a la sala,
desde donde se ve la ciudad de Santiago, y allí disfrutamos del postre, el café
y el aire fresco.
Todo el tiempo estuvimos
acompañados de Lola, una perrita que le regalaron a Susi cuando era una
cachorrita y le dijeron que era chihuahua, pero no le aclararon que era #50.
Viralata total, simpatiquísima, de los que en mi época llamábamos satos. Siempre
seguida por dos hijos, macho y hembra, de diferentes edades y tamaños.
Para completar, maroteamos
mangos.
Llegamos a casa a las 10:30 de la
noche llenas de contento, con un estropeo del tipo que quisiera tener todos los
días. ¡Gracias a todos los participantes! Procuraremos repetir a la brevedad.

Comentarios