Feliz cumpleaños, Hatuey querido
Aunque ya era
dirigente del PRD, puede decirse que la vida pública de Hatuey empezó
formalmente como dirigente estudiantil, en las luchas por el presupuesto de
medio millón de pesos mensuales para la UASD.
La gestión de
Hatuey Decamps en la FED rescató la UASD de la anarquía y, con el éxito de la
lucha por el Medio Millón, logró encarrilarla hacia objetivos de superación
académica y estabilidad. Dedicó sus esfuerzos a velar por la preservación de
logros tales como el Economato, el Comedor Universitario y las becas, que
administraba el Departamento de Bienestar Estudiantil.
Decían que era
faldero. Yo solamente le conocí una novia durante todos esos interminables semestres
en la UASD.
Cuarenta y nueve
años después, cuando se organizó la primera Marcha Verde, Hatuey ya no estaba.
En un momento recordé aquellas gigantescas movilizaciones de la UASD y, minutos
más tarde, me emocioné hasta las lágrimas al ver a uno de sus hijos y a mi hija
bajando por la 30 de marzo junto a otros dirigentes del PRSD. Fue como verme de
nuevo marchando con Hatuey por el medio millón para la UASD.
Sí, con Hatuey
participé por primera vez en una lucha, la lucha por el medio millón, y sentí
que los dos estuvimos representados por su hijo y mi hija en Marcha Verde, la
que declaré mi última participación en cualquier lucha.
Ambos momentos,
gloriosos, lograron sus objetivos, aunque la actualidad dista mucho de los
propósitos de las dos y de tantas otras.
Pero la lucha
por el Medio Millón para la UASD no fue la única actividad en la que
coincidimos.
Yo estaba
estudiando en Francia y él, que estudiaba en España, estaba en actividades de
la Internacional Socialista en París cuando Juan Bosch salió del PRD y creó el
PLD. Peña Gómez lo llamó y él viajó inmediatamente a nuestro país.
Lo apoyé
cuando salió del PRD y formó el PRSD, del que fui candidata, una vez a diputada
y dos veces a regidora. Jugué mi papel en su reconciliación con Hipólito. Y,
más adelante, en su apoyo a Luis.
No todo fue
política. También nos divertimos mucho juntos, en grupo. Aunque bailaba bien, Hatuey
no se paraba fácilmente a bailar. Y no bebía. Pero era muy buen tercio. Eran
divinas las cherchas, en un tiempo, en el Carimar y, más adelante, en la
Taberna de María Castaña.
También era un
súper anfitrión y hacía unos convites fabulosos en su casa, al menos una vez al
año, en Navidad.
Compartimos
amistades sólidas, principalmente la de nuestro queridísimo e inolvidable
Albert Giraldi, quien decía que Hatuey era un hombre muy valiente.
Sí, he tenido
muchas (y todavía me quedan algunas) amistades muy valiosas. La amistad con
Hatuey la heredamos de su papá y mi mamá, ambos de La Vega y, como dicen por
allá, “criados en el mismo patio”.
Creo que
pertenecimos a la última generación que aprendió a honrar las amistades de sus
padres y a conservar esa preciada herencia.
Y esa amistad
que Hatuey y yo heredamos, no pocos disgustos incluidos, fue muy enriquecedora
para mí. Aunque fuera para decirnos lo peor, hasta botijuela verde - siempre de
frente - nos tratamos de “mi querida Cosette” y “Hatuey querido”.
Su tumba es la
única que visito, muy esporádicamente.
Debí esperar al lunes 29 para publicar esto, que es el día de su cumpleaños, pero no pude ni quise. Supongo que en la eternidad no existen las fechas.
Por favor, si vas a escribir un comentario, incluye tu nombre.
Foto: En febrero de 2005, cumpleaños 95 de doña Dulce Castillo viuda García, abuela de dos de sus hijos, los de Cecilia García, mi amiga desde Kinder.

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