Perdonen la pela

Aun siendo una niña, recuerdo que se mudaron en mi edificio unos europeos del Este, refugiados o algo así, una familia con un hijo más o menos de mi edad y una hija un poco más joven.

Y recuerdo (¿cómo olvidarlo?) que esa niña me abordó un día para contarme con más detalles de los que me habría gustado enterarme, de su relación de (ahora puedo definirla) esclavitud sexual de un vecino, otro muchacho, pero mayor.

Los libros dicen que, hasta determinada edad que no recuerdo, cuando la diferencia de edad es 4 años o más, hay abuso. Y en este caso, aunque hubieran sido de la misma edad o la diferencia hubiera sido menor, la forma en que se desarrollaba la relación era de abuso y violencia.

El muchacho la golpeaba, pero además de eso, ponía a sus amigos en fila para que disfrutaran la niña. Supongo que no la embarazaron porque, a su edad, probablemente todavía no menstruaba, por tanto, no ovulaba. Pero cada vez que me acuerdo de eso, se me revuelven las tripas.

Yo se lo dije (más o menos) a la abuela de la niña, una pintora encantadora que era la única que hablaba un chin de inglés, que de español, nada. Y se acabó la vaina. Lo manejaron con toda la discreción propia de la época. Hasta se mudaron. Todavía no habían matado a Trujillo y ellos no sabían, pero temían, si la familia del muchacho gozaba de algún privilegio, de manera que no procedieron judicialmente. Bueno, y eso de acudir a la justicia por esos casos como que no se usaba hasta hace poco. Creo que ni había leyes al respecto.

El caso ha regresado a mi mente reactivado por las sórdidas historias que hemos vivido en estos días, más todas las acumuladas durante meses y años, más el susto por las que puedan todavía ocurrir.

Pienso que, de ser verdad que ese muchacho de Cenoví, con sus propias manos hizo lo que reflejó la autopsia, esa relación de cuatro años pudo no haber sido tan romántica, tan gratificante, ni nada positiva.

Ya no sirve para nada conocer las interioridades de esa relación, pero creo que si el joven hizo eso, o lo presenció, o lo consintió, o participó así fuera solamente sacando el cadáver del edificio, no tenía por ella el menor sentimiento. La utilizó todo ese tiempo, quién sabe si la maltrató física o emocionalmente, y cuando la muchacha se convirtió en un dolor de cabeza, accedió a dar curso a un plan propio o ajeno para sacarla de circulación de una forma incalificable, que sacudió a toda la sociedad.

No sé, pero aquí está pasando algo muy malo. Este caso en particular, no; otros, tampoco, pero hay muchos que tienen características de ser cometidos por asesinos en serie.

Y absolutamente todos envían el mismo mensaje: el concepto tan enfermo que tienen tantos hombres de las mujeres. No podemos ignorar que nosotras los parimos y los criamos. A la hora de culpar el entorno, recordemos que somos parte de él.
Y no me digan que las mujeres debemos tomar el poder. Ahí tenemos una mujer en el poder, que hasta menciona al presidente de la república para asegurar impunidad a sus cómplices.

Miremos bien dentro de nuestros hogares, porque criando mal a los varones, ponemos en peligro de muerte, lenta o violenta, a nuestras congéneres. Y perdemos dos veces: nuestras hembras muertas, así sea en vida, y nuestros varones con un estigma nada honroso.

Nada, perdonen la pela de ponerlos a leer este desahogo. Buen fin de semana, si es posible.

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